La guerra sin fin de las FARC
Por: Raimundo Santurio

Nuestros preferidos.

Sí se nos pidieran escoger una imagen excepcional, de entre las muchas que hayamos podido apreciar a lo largo de la vida, una tan especial que fuera capaz de remontarnos a lo más sentido de nuestros primitivos anhelos y retrotraernos a esos iniciales sueños de candidez e inocencia donde la interferencia de los prejuicios no fuese posible, no dudaríamos en seleccionar aquella que presentó Telesur a propósito de la liberación de rehenes a principio del mes de Enero de este año, en la que tras el verdor urticante de la espesura selvática de Colombia súbitamente emergieron unos guerreros inusuales, apacibles y gratos, capaces de prodigar, sorpresivamente, el milagro de la felicidad y la sonrisa al dar por liberadas a dos cautivas de guerra.

Hoy, ante esta asombrosa imagen que aún nos persigue, no vacilamos en confesar a modo de interpelación personal: ¿Cómo sustraernos a esa elevada turbación que significa presenciar, en una exacta definición de pantalla de televisión, a unos soldados trashumantes, llegados como paridos del grosor vital y mortal del excedente tórrido, para esbozarnos un aliento de vida que todo lo puede? ¿Cómo no observar en ese gesto privilegiado de la tecnología la revelación de un destino inconcebible que a todos nos apabulla? ¿Cómo no apreciar en la constatación de aquellas existencias cabales los trazos indelebles de una superior lírica del combate? ¿Cómo obviar aquellas cicatrices a flor de piel, que no apreciamos pero que conjeturamos ocultas tras las prendas perpetuas, que son también el mapa de una Colombia que a todos ofusca? ¿Cómo no presentir un llamado basal, un grito de guerra primordial, en la transparencia mineral de ese vasto acto de fe que significa ser combatiente de las FARC? ¿Cómo no avergonzarnos por momentos ante tan auténtico y extremo desprendimiento? ¿Cómo evitar reseñarnos en nuestras íntimas pesadillas de alteridad en ese porvenir; con sus interminables delirios palúdicos, con las inmortales persecuciones de un enemigo inmerecido, con el persistente escarnio de la plaga rotunda, con las insomnes noches de abrasadora oscuridad, con la muerte siempre de fiel compañera dándonos aliento para continuar en la vida?

Resulta entonces que comprendemos que esa imagen de los guerrilleros en Telesur y las impresiones que de ella se desprenden y nos invaden, son, en otro grado, las mismas que nos provocan todas las FARC como ejercito de liberación y maquinaria bendita de insurgencia. Imagen general que es una aglomeración de mixtas ideas, de sensaciones, de evocaciones, que convergen en lo más profundo de nuestra dinámica afectiva para levantar sobre ella una tajante aclamación que no permite la incertidumbre: Las FARC y su soldadesca, en el inventario personal de nuestros héroes, son la más acabada demostración de voluntad épica en toda Latinoamérica desde las guerras de independencia y la más notable demostración de coincidencia entre creencia y acción, que en un mundo de dobleces, como el del Imperio y del capital, sea permitido darse.

El laberinto de la guerra.

La República de Marquetalia, la derrota de esta, rubricó, en el año de 1964, el nacimiento de las FARC. Desde hace 43 años este grupo insurgente no ha cesado de hacer frente, mediante una aparatosa y desigual guerra, al conjunto militar tradicional del Estado colombiano, sin que se haya producido unas reales condiciones de victoria sobre este.

Guerra dilatada y huidiza que se ha diseminado a través de toda una geografía de contrastes muy apta para las acciones y escaramuzas militares no convencionales. Guerra de inusual gravedad que ha prohijado las más destacadas crónicas de la historia política colombiana de las ultimas cinco décadas, y que a su vez ha proporcionado la mayor cantidad concebible de costos espirituales para abonar a favor del odio y la segregación. Guerra de millares de muertos y desaparecidos, de otro tanto de lisiados y alienados; de abismales miedos y bravuconadas de prevalidos. Guerra altanera y disímil, que de tanto diferirse y repetirse no cesa de ser olvidada por las grandes multitudes a las que se debe. Guerra sombría y de excesos que satisface con la muerte a la comodidad pervertida del cachaco presumido y que punza el orgullo cien veces zaherido del militante izquierdista. Guerra febril que propaga el ultraje y la mentira, el insulto y la infamia; guerra que se pierde en los días que no cesan de sucederse y que se convierte en habito olvidando sus propios orígenes. Guerra ya del rencor y la memoria, de la venganza y la ojeriza. Guerra para nunca ganarla y siempre estar en ella, guerra alucinógena que para los muchos que la hacen ya es la paz. Guerra marchita que aparente el presente y que es un dictado de viejas muertes.

Guerra de los marxistas en la que se olvida a Marx, guerra de los burgueses por la que mueren sus explotados. Guerra de clases de la que se favorecen los de siempre. Guerra de héroes y traidores que estos últimos disfrutan. Guerra de colombianos contra colombianos, de hermanos entre sí, en la que se confunden Abel y Caín, aunque, como escribiera Borges, siempre al final sigan matando a Abel.

El hilo de Ariadna.

En el pasado ninguna muerte individual trastocó el destino de las FARC. No lo pudo la muerte por causas naturales de Jacobo Arenas, quien desde sus orígenes compartió con Marulanda el liderazgo histórico. Tampoco las colectivas que sobrepasan las miles entre combatientes de base y cuadros medios. La muerte no amilana a las FARC ni les invoca la duda, ni mucho menos el temor. Sus largos años de recurrentes encuentros con ésta la han hecho amigable.

Tal vez por ello es que no abrigamos mayores esperanzas sobre un probable cambio de estrategias en su accionar como resultado de la incalificable muerte de Raúl Reyes, la repugnante de Iván Ríos y la predecible del máximo líder Manuel Marulanda. Dudamos que la muerte de estos miembros destacados del Secretariado se convierta en la causa de un probable y radical viraje en la actuación de las FARC. Sí acontece alguno lo será por imperio de las nuevas condiciones políticas y sociales que en toda Latinoamérica se encuentran en desarrollo y por la definitiva comprensión de la existencia de un ser social que hace de este tipo de guerra un atavismo inútil para cualquier posible intento de liberación.

La FARC esta obligada no a tan solo escrutar los resultados numéricos de 43 años de lucha guerrillera, sino a revisar la concordancia entre el tipo de guerra llevado a cabo y las nueva forma de soberanía global que se esta constituyendo, sin perder de vista las nuevas premuras de una sociedad que se encuentra estableciendo inéditos paradigmas de acción y producción de la realidad social. Es un apremio existencial para las FARC que comprendan que la guerra que las tipifica y que llevan a cuesta por tanto tiempo es un tipo de guerra que no resguarda concordancia con las nuevas astucias del dispositivo general de inmunológica del capital, -ni a nivel local ni menos global. Se trata de hacer un esfuerzo de superación de hábitos y costumbres militantes para comprender que la guerra que los autentica es realmente una guerra asida a los principios de una modernidad caduca y en trance de desaparición, incapaz por ello de resguardar realmente resonancias con un final triunfal. La guerra dialéctica, de contrarios enfrentados por la conquista de un territorio, de un espacio político, o de un Estado-nación, esta dejando de tener cabida en un mundo en la que los avances tecnológicos en el ámbito de la comunicación no cesan de prodigar asombrosas modalidades de control social que son, en cierto modo, mucho mas efectivas, versátiles y aviesas que las que tipificaban el capitalismo moderno.

La guerra moderna, de la que son subsidiarias directas las FARC muy a pesar de llevar a cabo la modalidad de guerra asimétrica, se funda en el dominio territorial, en el posicionamiento material de los ejércitos, y en el objetivo final de la pronta instauración de un Estado-nación con toda la mitología de la identidad nacional que ello implica. Hoy el nuevo tipo de guerra, el global o posmoderno, ha dejado de ser instrumental, temporal, corporal, referido a objetivos y metas y se ha transmutado en una guerra constituyente, siempre continua, incorpórea y causa productiva de la realidad social. Es decir que mientras la guerra de la modernidad era un medio, en la posmodernidad es tanto medio como fin. Estrategia y táctica a la vez.

Esto se comprende porque los verdaderos dispositivos para el dominio y control social se encuentran virtualizados por intermedio de la comunicación y de las imágenes. La nueva guerra, la que han dado en llamar de cuarta generación, ya no acontece en un lugar sino que esta diseminada, sin ubicación circunscrita y se propaga por doquier a través del universo reticular en constante creación de la información y la imagen. La guerra deviene así incorpórea y no espacial, perfilándose siempre por intermedio de las grandes corporaciones mediáticas que ostentan una estrategia global siempre referida al dominio imperial. La guerra posmoderna es así un desproporcionado mecanismo virtual de producción del miedo y la amenaza, capaz de abundar sin límites más allá de cualquier espacio imaginable.

Es en este sentido es que decimos y reiteramos que la guerra de las FARC sostenida contra el Estado colombiano, en rigor, ha dejado de ser una guerra con oportunidades de triunfo. En verdad solo se trata de un infinito escarceo armado que es utilizado por la mecánica imperial para arremeter contra las insurgencias de otro tipo en el mundo y para propalar una imagen satanizada de las luchas anticapitalistas y de las experiencias inéditas. Si algo ha generado esta guerra sin fin de las FARC es una enorme cantidad de insumos comunicacionales de alto valor inmunológico para ser usado universalmente por el gigantismo reproductivo-mediático del capital global.

Mucho bien se harían las FARC y con ello las esperanzas de liberación en Colombia, si pudieran adecuarse a una comprensión de la realidad que sea capaz de situarse en el ojos de las verdaderas improntas de la actual sociedad en conformación, y con ello visualizar que no son ellos una ínsula revolucionaria capaz de generar actuaciones que solo a ella inmiscuye, sino que muy por el contrario su actuación, que se hace a nombre de los explotados de Colombia, se traduce, por artilugio mediático, en un expediente altamente valorado por el comando imperial contrainsurgente a partir de su sencilla y poco engorrosa criminalización, tal ocurre en la lucha que se adelanta contra los gobiernos de Ecuador y Venezuela.

Se tiene que percibir igualmente que nunca las FARC podrán salir airosas de su participación en ese tipo de guerra porque en propiedad la guerra no ocurre allí. Es un espejismo de nuestras reservas modernistas el que nos hace ver una guerra situada en las montañas y selvas colombianas En verdad lo que allí ocurre es un teatro inducido, refinadamente manipulado, para hacer creer tal evento. Realmente la guerra que sostiene las FARC no es sino un ejercicio dramático de añoranza del que le es difícil desprenderse por el peso exagerado de la tradición y los hábitos, por la herrumbre intelectual que los ha mecanizado y por el orgullo acerado que han cultivado luego de tantas iniquidades del enemigo.

La verdadera guerra apenas se avizora en la letra periodística, apenas se insinúa en las imágenes televisivas y en toda la información que recorre la red. Apenas se avizora en las nuevas formas de la elaboración del ser social, pero resulta tan grande su poder, tan extenuante su efecto persuasivo, que amenaza con ser las peor de todas cuantas se hayan llevado a cabo en la historia universal.

Ante ello otra cosa debería hacer la heroica insurgencia colombiana, por ejemplo empezar a suscribir sus documentos no “desde las montañas de Colombia” sino “desde la extensa orografía de cualquier lugar del continente”.


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